21 de septiembre de 2014

Y un día, dije «sí».

Empezaba el verano. Las clases ya habían terminado y los más despistados me pedían auxilio en los exámenes de recuperación. Aquel día tocaba Conocimiento del medio (en mi época, Ciencias naturales)
El problema del chaval no era que no lo supiese... es que tenía mucha prisa por terminar el examen y se dejaba la mitad de la información en su cerebro.

Jordi, el protagonista de esta historia, había asomado su cabecita por la puerta y me había dicho:
-Voy a mirar cuánto valen los parabrisas.
-¡Compra yogures!- le pedí yo.
Sonrió, asintió y se fue.
Nosotros, el niño y yo, seguimos con el sistema solar.

Ya llevábamos cerca de una hora, cuando pensé: «Para preguntar el precio de los parabrisas y comprar unos yogures, ¿tarda tanto?». Justo en ese momento se abrió la puerta.
Debe ser esa mágica conexión que provoca el amor (sí, esta frase ha sonado muuuuuuuuuy cursi), esa que te hace terminar las frases, que hace que mires a tu compañero y os riáis... ¡¡porque habéis pensado lo mismo!!

Terminé la clase como siempre: «Ánimo. Tú puedes, es sólo un examen». Estoy convencida que mis alumnos vienen porque les subo la moral...
El chaval se fue y me fui en busca de mi beso.

Es bueno dar besos. Al levantarse, al irse a dormir. Cuando llegas a un sitio y cuando te vas. Los besos al aire -y que los coja quien quiera- y los besos en forma de guiño (oh, esos me chiflan)

Jordi estaba en el salón. Era lunes por la mañana. Sin preparación, sin cena romántica, sin pensarlo mucho -como cuando te quitas una tirita-.
Le di un beso y él sonrió. Como soy una despistada y una mesinfot (ya lo explicaré) ni me había fijado que tenía ambas manos a la espalda.
Me dijo:
-Lluna no se deja coger.
Lluna es la otra protagonista de esta historia. Es mi gata y aquella frase algo obvio: Lluna no se deja coger.
-Ya lo sé-le dije.
-Así que...
Y me sacó a Uni. Uni es un unicornio de peluche que compramos para celebrar la aventura de empezar a vivir juntos.
Y entonces lo vi.
En su pequeño cuerno azul, un anillo.
Me eché a reír.

Siempre me quejo de que no hace cosas románticas y cuando las hace... soy muy burlona. Pero aquella mañana me eché a reír por lo bonito del momento.
Me eché a reír porque Jordi había ido a comprar yogures y a preguntar cuánto valían unos parabrisas y, al pasar por una joyería, se había detenido, había entrado y se había llevado un anillo.

Así, sin más. Como quien siente la necesidad de dar un beso y lo roba.

Riendo los dos, formuló la pregunta y riendo, dije que sí.

Me llamo Maite, soy la tercera protagonista de esta historia y, en unos meses, volveré a decir «Sí» en mi ChibiBo.

En este blog, iré contando mis quebraderos de cabeza y espero que os riáis tanto como yo.


«Si te niegas a una aventura, te arrepientes toda tu vida.»